El Padre Laguérie responde
Untitled Document
¿El papel de los laicos en el apostolado?
Martes 3 de julio de 2007, por El secretario
Buenas noches Padre,
Peregrinando en dirección a Chartres, tuve la sorpresa de encontrarme con un amigo ni católico ni bautizado. Se da que no es a su primer contacto con la Iglesia y en particular con la Tradiland, nosotros pues llegamos a hablar de la recepción que él ha recibido.
Ahora bien se encuentra que si los sacerdotes y religiosos (en particular, en Riaumont y en Morgon) lo acogieron sin hacerle de cuestión, encontró laicos que, a partir de una buena intención, pretendían forzarle la mano hacia la conversión.
Eso me llevó plantearme la cuestión de la manera en que los laicos deben ejercer su apostolado. En efecto, conociendo a mi amigo, la actitud de los sacerdotes y religiosos me parece claramente señalada por la experiencia y la gracia sacerdotal, y la de los laicos torpe. ¿Cómo pues, nosotros laicos debemos participar en el apostolado?
Agradeciéndose.
Vincent Flutet- París
3 de julio de 18: 04, del Padre Philippe Laguérie
Estimado Sr.,
No hay “truco” en el apostolado, ya sea el de los sacerdotes o el de los laicos. Sin duda un sacerdote tiene ventajas inmediatas para hablar de Dios, de Jesucristo, de la gracia, del Evangelio. Su formación teológica, su síntesis doctrinal, su conocimiento íntimo de Cristo y su recomendación por la Iglesia (y su sotana también) son tantos activos que no posee el laico.
¡Y sin embargo! ¡Se constata que tal laico hace maravillas mientras que tal sacerdote falla lamentablemente y rechaza todas las almas que se le acercan! Es que hay otras razones del éxito o el fracaso. Hay en primer lugar la oración: sin ayuda sobrenatural, aventurarse ante un alma es una pura tontera, iba a decir un sacrilegio. En concreto, hay la bondad, esta verdadera bondad que no busca su interés, su demostración, su justificación, su teoría sino el bien, él único, de aquél a quien se aborda. La mayoría de la gente que habla, incluso y sobre todo los que hacen profesión de la verdad, pretenden en primer lugar a darse gusto, a aliviarse y juegan a los héroes: eso no da ningún fruto. En revancha, cuando alguien se siente amado (y no hay marrullería o de sucedáneo en la materia) su espíritu se abre y comienza solamente a convertirse permeable a la verdad. Qué quieren: los hombres han sido hechos por amor y para amar, y cuando se les ama (no digo que se les trate con este lenguaje), comprenden instintivamente. Sin lo cual se pierde su tiempo.
Hay por fin este crepitar, esta chispa, este desequilibrio hacia el frente que hace toda la diferencia de con lo banal, lo monótono, la tristeza, en una palabra el pecado. Pero si tuviera un único consejo que dar en materia de apostolado sería este: comience por amar a la gente, a tomarlos dónde están (a veces muy bajo y ustedes se salpicarán, pobres pequeños) y quizá, tendrán algún acceso a ellos. Y en esta fase los laicos no les ceden en nada a los sacerdotes que son a menudo suficientes de las gracias que ellos recibieron. Me ha sido dado bautizar a cientos de adultos: en todos se verificaban al menos dos condiciones infaltables: una buen alma se encontró en su camino (siempre un laico) y se habían puesto a rezar, de manera rudimentaria al menos.
Esta última exigencia me ha aparecido siempre como la prueba más palpable de la existencia de Dios: cuando el más miserable de los hombres se dirige a Dios, Dios le responde y lo levanta. ¡Hay un suscriptor al número que se pide cuando se atreve a componer el de Dios! Es de rodillas que se convierte, cualquiera que sea el buen samaritano (sin embargo indispensable) con el que se ha cruzado.